Publicidad:
Terra
La Coctelera

prosas_y_cosas

2 Octubre 2011

El sacrificio de Lars von Trier

Más que una cinta, Anticristo (2009), del danés Lars von Trier, constituye una experiencia. Me explico: siempre he creído que, a diferencia del grueso de sus colegas contemporáneos, Von Trier diseña una obra que no se ve en el sentido convencional sino que ante todo se experimenta. Igual que una sensación, sí, e incluso que un malestar: “Más que películas bellas, películas necesarias”, reza el postulado de Robert Bresson que también ha seguido el alemán Michael Haneke y que implica la urgencia de rescatar el fondo en un orbe eminentemente visual conquistado por la forma. Y aunque Von Trier sabe dar con el justo medio entre ambos extremos, pese a haber sido llamado extremista en varias ocasiones —no lo ayudan los desplantes megalómanos como el que lo llevó a autonombrarse el mejor director del mundo—, lo cierto es que en su cine la forma (cómo se cuenta la historia) acaba por rendirse al fondo (qué historia se cuenta). Esteta consumado y omnívoro que maneja distintos formatos y fundador de Dogma, movimiento que pone en práctica los principios establecidos entre otros por Bresson, Von Trier es el agente provocador por excelencia: un infiltrado en la industria fílmica que induce actitudes y reacciones que normalmente no se encuentran en el espectador.

Ese efecto tiene Anticristo, que más de alguno verá o más bien sentirá como una bomba colocada en el seno del buen gusto. Fruto de una honda depresión, como el propio director ha confesado, la película es en un primer nivel la extensión de las ordalías de personajes femeninos —y de las actrices que los interpretan— que hemos atestiguado y/o padecido en Rompiendo las olas (1996), Bailando en la oscuridad (2000) y Dogville (2003), para poner los tres ejemplos más famosos. Bess McNeill (Emily Watson), Selma Jezkova (Björk) y Grace Mulligan (Nicole Kidman) hallan un relevo insuperable en la mujer sin nombre encarnada —encarnar: un verbo duro que aquí llega a sus últimas consecuencias— por Charlotte Gainsbourg, ganadora del premio a la mejor actriz en el Festival de Cannes de 2009. En un segundo nivel, Anticristo es el relato de fuerte filiación psicoanalítica sobre una pareja claramente alegórica (Ella y Él: Gainsbourg y Willem Dafoe) que busca lidiar con la pérdida de su único hijo, que cae de la ventana de su habitación en medio de una nevada mientras ellos protagonizan una de las escenas eróticas más memorables del nuevo siglo. Es en el tercer nivel donde la trama se adensa y complica al exhibir el filón religioso que atraviesa la obra de Von Trier: las cosas, como sucede con David Lynch —un referente que aquí se antoja insoslayable—, no son lo que parecen ser. Dicho de otro modo: el fondo está más lejos de lo que aparenta en el espejo retrovisor de la forma.

Hay, no obstante, una clave para acceder sesgadamente al misterio que encierra Anticristo, nutrido por una sexualidad y una violencia sin cortapisas: la dedicatoria final a la memoria de Andréi Tarkovski (1932-1986). Fiel a las inclinaciones literarias de su homenajeado, y como ha hecho otras veces, Von Trier divide su cinta en capítulos completados por prólogo y epílogo. Pero va más allá: el tránsito del blanco y negro al color remite a El sacrificio (1986), el hermoso testamento fílmico de Tarkovski, en cuyo cine —señala Fredric Jameson— “la naturaleza parece revivir, proliferando gracias a sacrificios humanos y extrayendo su sangre de la extinción de lo humano, como si libre al fin de los parásitos planetarios, se hubiese restablecido una floración primigenia, rica y arcaica”. Justo con esta floración se topan los personajes de Anticristo en el bosque cercano a Seattle donde se exilian en un intento por remontar el duelo que redunda en un estallido de brutalidad vigilado —¿bendecido?— por los tres mendigos mitológicos trocados en tres animales totémicos: una cierva que da a luz a una cría muerta, un zorro cuyo cadáver resucita para enunciar uno de los dictums de la película (“Reina el caos”) y un cuervo desenterrado de una cueva que funge como útero. Convertida en bruja tarkovskiana, oficiante de la Iglesia de Satán que es la naturaleza, la mujer encarnada por Charlotte Gainsbourg exige una ofrenda para encauzar el apocalipsis de la humanidad: el otro lado de la moneda que se juega en El sacrificio. Esta nueva bruja ignora, sin embargo, que tal ofrenda terminará por ser ella misma: la catarsis que Lars von Trier ha ideado para purgar sus demonios y dejarlos vagar por el mundo en un desfile de horror tan bello como necesario.

Tags: cine

servido por Mauricio sin comentarios compártelo

sin comentarios · Escribe aquí tu comentario

Escribe tu comentario


Sobre mí

Avatar de Mauricio

prosas_y_cosas

Ciudad de México, México
ver perfil »
contacto »
Mauricio Montiel Figueiras (1968) es narrador, ensayista y traductor mexicano. Entre sus libros más recientes se encuentran "La penumbra inconveniente" (2001), "La piel insomne" (2002), "Terra cognita" (2007), "La brújula hechizada. Algunas coordenadas de la narrativa contemporánea" (2009) y "Paseos sin rumbo. Diálogos entre cine y literatura" (2010). En Twitter: @Elhombredetweed.

Buscar

suscríbete

Selecciona el agregador que utilices para suscribirte a este blog (también puedes obtener la URL de los feeds):

¿Qué es esto?

Crea tu blog gratis en La Coctelera